miércoles, 27 de julio de 2011




El peregrino camino hacia Santiago,  ya entrado en años y de huesos frágiles, no podía más. Pero tenía que seguir en cumpliento de su promesa al Santo en demanda de un hijo que protegiera su ya cercana vejez. Su mujer comenzaba a acercarse a esa edad donde la mestruación se va, y aún no había podido sacar adelante a una criatura viva. Todos sus embarazos acababan mal, ante la desesperación de ambos.

Se le había echado la noche encima y no había llegado al refugio. Perdido en medio del bosque, la oscuridad abría sus fauces. De repente, surgido entre la espesa foresta, vió el cruzeiro. Un montón de piedras mohosas sostenían una cruz. Decidió pasar la noche al pie de la cruz, para sentirse al menos protegido. Comió algo de las pocas provisiones que le quedaban, y envolviéndose en su manta de viaje, enseguida se quedó dormido. Despertó con el ruido de varias voces  infantiles. Abrió los ojos y vió como unos niños le miraban desde unos iris vacios y sin vida , y pensó que si aquello era real, lo único que podía salvarle era dormirse de nuevo. A la mañana siguiente, apenas despuntó el alba, los niños habían desaparecido. El peregrino no se levantó. Ni ese día ni al siguiente. Se quedó al pie del cruzeiro donde eran enterrados los niños que morían al nacer, o eran sacrificados por tener alguna tara física, o por nacer de mujeres sin esposo o llegar a un hogar con demasiadas bocas que alimentar. Se quedó allí, jugando con ellos.Siendo el padre de todos. Feliz por tener al fin la prole numerosa que tanto había deseado.

Presencias Invisibles

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